De política y cosas peores

-Armando Fuentes Aguirre, (Catón)

"No pido que me den; nomás que me pongan donde hay"

La maestra reprendió a Pepito: "¿Por qué le diste a Juanito una patada en el estómago?".
"Fue un error, maestra -reconoció el chiquillo-.
La verdad es que apunté más abajo".
.
.
Un feroz criminal fue ejecutado en la silla eléctrica.
Llegó al infierno y Satanás le dijo: "Voy a buscar tu expediente.
Mientras tanto puedes sentarte".
"Gracias -declinó el individuo-.
Vengo de estar sentado".
.
.
El herrero Gago era tartamudo.
Tomó un gran mazo y le ordenó a su nuevo ayudante: "Po-pon en el yu-yunque la pipí".
"¡Óigame no!" -se alarmó el mocetón.
El forjador estalló: "¡La pi-pi-eza de me-metal, pen-pen-dejo!".
.
.
Un viejecito llegó a la consulta del doctor Ken Hosanna.
Traía un pie hinchado.
"¿Qué le sucedió?" -preguntó el facultativo.
"Déjeme contarle, doctor -dijo el anciano-.
Hace 50 años me perdí en un bosque.
Después de mucho andar llegué a una casa.
Le pedí a su dueño que me dejaran pasar ahí la noche".
El doctor Hosanna lo interrumpió, impaciente: " ¿Qué tiene que ver eso con su pie?".
"Aguarde un poco -respondió el viejito-.
Cuando ya todos dormían entró en mi cuarto la hermosa hija del señor y me preguntó si quería algo.
Le dije que no.
Media hora después regresó cubierta sólo con un vaporoso negligé y volvió a preguntarme si quería yo algo.
Respondí que no, y se fue.
Una hora después se presentó de nuevo, ahora sin nada de ropa encima y me preguntó una vez más si no quería yo nada.
Repetí que no.
Ella se fue y ya no regresó".
Irritado por aquel largo relato el doctor Hosanna le dijo: "Vuelvo a preguntarle: ¿qué tiene qué ver todo eso con su pie?".
Respondió el ancianito: "Hoy se me prendió el foco de repente y entendí lo que quería la muchacha.
Me dio tanta rabia no haberlo entendido aquella noche que de coraje le di una patada a la pared".
.
.
Murió un mexicano y fue a dar a los infiernos.
Digo "a los infiernos", y no "al infierno", porque había varios infiernos de diferentes nacionalidades: un infierno inglés, uno alemán, otro italiano; un infierno francés, uno norteamericano, etcétera.
Había también, claro, un infierno mexicano.
A nuestro paisano le llamó la atención ver que mientras todos los infiernos se veían vacíos y desolados el infierno de México estaba lleno a su máxima capacidad y una clientela ansiosa se aglomeraba ante su puerta pidiendo con desesperación entrar.
El mexicano preguntó a qué se debía eso.
Le explicó alguien: "Es que el infierno mexicano nunca está prendido.
O no tienen leña, o se les acabó el carbón.
Las calderas están siempre descompuestas.
Los diablos rara vez trabajan, pues se la pasan en huelgas, paros, bloqueos y manifestaciones.
De vez en cuando, por casualidad, consiguen leña, hay carbón, arreglan las calderas, van los diablos a trabajar y por fin encienden el infierno.
Entonces le das 100 pesos a cualquier diablo y te loapaga".
Ese cuentecillo es tachado de apócrifo por algunos críticos, pero yo lo creo verdadero.
Ilustra con meridiana claridad un vicio que parece consustancial a nuestra vida pública: la corrupción.
"No le pido a Dios que me dé; nomás que me ponga donde hay".
La conocida frase parece ser el lema, divisa o mote de muchos que dicen servir y que en verdad se sirven.
Los que están afuera dicen con resignación que roza el cinismo: "Que roben, pero que hagan".
Los de adentro proponen con realismo práctico: "Que se bañen, pero que salpiquen".
Y entre el conformismo de los de afuera y la complicidad de los de adentro el país se pudre en miasmas deletéreos.
(Permítanme un momentito, por favor.
Voy a anotar eso de "miasmas deletéreos" por si alguna vez se me ofrece insultar a alguien: "Eres un miasma deletéreo").
Lo dicho: México no será un estado de derecho mientras siga viviendo en estado de corrupción.
(Eso no lo voy a anotar) …… La noche de bodas la desposada le pidió a su flamante marido que la esperara un momentito.
Procedió entonces a ponerse en la cara una crema; en los brazos otra; más crema en los hombros; en el busto una crema más; en la cintura un aceite; en los muslos otra crema y en las piernas otra crema.
"Ahora sí, mi cielo -autorizó la muchacha tendiéndose en el lecho con actitud voluptuosa-.
Ven a mí".
Él preguntó, inquieto: "¿No me iré a resbalar?".
.
.
FIN.